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IDEARIO REFORMISTA

DEODORO ROCA Y LA REFORMA UNIVERSITARIA

*por María Verónica Galfione, UNC

A los 18 años de la Reforma Universitaria, Flecha organizó una encuesta que respondieron personalidades tales como Julio V. González, Saúl Taborda o Gregorio Bermann. El periódico cordobés Los Principios, si bien no había recibido el cuestionario, intervino en la discusión defendiendo si no las certezas de los sectores conservadores de Córdoba al menos sí sus expectativas. El pronóstico que este medio hacía sobre el futuro de la reforma no puede dejar de resultar extraño para quienes estamos habituados a la rutina reformista de nuestras universidades. En Los Principios se podía leer lo siguiente: “Será... no somos adivinos, pero, uno de dos, o desaparece por atentatoria del orden hasta la más leve referencia a la reforma, o será un recuerdo del desquicio imperante el `18. Porque la reforma para los izquierdistas de hoy, no es nada, y será menos; para los derechistas es y será lo que fue: un escándalo.”[i]

El desacierto de semejante previsión resulta indiscutible desde el presente. La reforma universitaria no es ya objeto de luchas políticas reales en la argentina universitaria. Tradiciones políticas diametralmente opuestas de la iconoclasta “revolución de los espíritus” hacen de ella su piedra fundacional sin que esto implique el desconocimiento de la tradición reformista por parte de los partidos de izquierda o de los independientes. La reforma ha perdido su potencial crítico convirtiéndose en símbolo del status quo. Una institucionalización que en sus comienzos no fue entendida sino como medio para la realización de ideales más elevados y sutiles ha sido fatalmente confundida con los fines mismos. De esta forma, la reforma ha quedado identificada con ciertas modificaciones (la asistencia libre o la renovación periódica de los cuerpos académicos, por ejemplo) en la letra de alguna ordenanza; ha sido clausurada quedando negada así en lo que ella, según sus realizadores, tenía de más propio: su ser “proceso dinámico”[ii], “cosa fluente y dinámica”[iii].

Sin dudas, la historia tiene pliegues que ningún pronóstico acierta a advertir. Pero la distancia entre las intenciones y los resultados de un proceso histórico que tuvo alcance internacional y que puso en cuestión a toda una clase dirigente, distancia por lo demás propia de todo acontecimiento histórico, no puede ocultar tampoco las opacidades de una lectura del pasado que lo convierte en fetiche anulando así su potencial crítico. Atada a la rememoración de su pasado, la universidad a devenido una institución anacrónica perdiendo, quizás definitivamente, toda capacidad de autocrítica y de transformación autónoma. La tajante predicción de Los Principios no puede dejar de alertarnos sobre la necesidad de practicar una critica sobre ese pasado. Como señala con tanto acierto Marx en El Dieciocho Brumario, “No puede comenzarse [la] propia tarea antes de despojarse de toda veneración supersticiosa por el pasado” Esto no significará nunca condenar el pasado en bloque, lo cual no es, como señala Gramsci, más que un signo de la incapacidad para diferenciarse de él. Error que sin duda cometieron los reformistas. Se trata más bien de la labor crítica que intenta sacarlo de la tradición en la que la ideología lo ha clausurado, mostrando sus facetas, pliegues, dobleces, discutiendo el sentido de su apropiación.

A tales fines resulta interesante preguntarse, en primer lugar, a qué responde el exorcismo de Los Principios cuando el fracaso de la Reforma es reconocido en ese momento incluso por los mismos reformistas: ¿cuál es el origen del temor que oculta la seguridad del pronóstico y la misma necesidad de intervenir en el debate abierto por Flecha? ¿Cuál es esta urgencia si la universidad post – reformista se mantiene, si no ya tan alejada de los avances científicos, no por ello menos ajena a las transformaciones sociales? ¿Por qué resultaba imprevisible en 1936 el lúgubre destino de la reforma universitaria?

Sin duda, el foco de la cuestión no está en las modificaciones estatutarias. En la misma época Deodoro reconoce que a 18 años de la reforma y a pesar de los nuevos reglamentos “el profesor es el mismo fósiles. Sólo que ahora es más joven y sabiendo más, le es más inútil lo que sabe.”[iv]Lo temido, lo escandaloso para Los Principios y para la derecha en general es el espíritu mismo de reforma, si por este se entiende esa íntima relación entre conocimiento y transformación social, entre intelectual y pueblo que, si bien hace eclosión en 1918, recorría América latina desde principios del siglo XX. Como señala Ricardo Melgar Bao[v] las propuestas de extensión universitaria y de autoeducación obrera que comenzaron a gestarse bajo el sino arielista durante la primera década del siglo XX, iniciaron un proceso de reinvención y recomposición de los campos educacionales y culturales contrahegemónicos. Es decir, no sólo fueron expresión de un estado social más o menos generalizado, sino que además contribuyen a forjar el espíritu de la unión entre estudiantes y obreros. Durante estas experiencias las elites intelectuales y obreras fueron aprendieron un nuevo modo de relacionar política y pueblo, contribuyendo así a la construcción de una nueva cultura política popular.


Es interesante lo expresado en un Manifiesto del Centro de Estudiantes de Derecho de Buenos Aires. Allí se señala que la intensión de la extensión universitaria es la de corregir el divorcio anacrónico entre la universidad y el pueblo a fines de eliminar la contradicción inadmisible entre la igualdad y la libertad de derecho y la desigualdad y esclavitud de hecho: “Un proletariado, sin principios jurídicos, es del mismo modo que un proletariado ignorante, incapaz de realizar conquistas definitivas, aunque su brazo tenga un poder suficiente para conseguirlas. La miseria y el dolor, son, sin dudas, poderosos factores insurreccionales, pero sólo constituyen fuerzas primarias de arranque; no bastan para realizar un movimiento provechoso y duradero”[vi]

La faceta antiimperialista de este espíritu se percibe entre otros casos en los convenios interestatales que la juventud reformista fue estableciendo. Tanto en el convenio peruano – argentino de 1920 como en el argentino – chileno se señalan entre los puntos comunes de acción, el estudio de los problemas sociales y el sostenimiento por la juventud de las universidades populares a la par del ideal americanista[vii]. Pero este ideal ya está presente en el encuentro estudiantil de Montevideo en 1908. Allí se lanzan proclamas americanistas integradoras y se plantea el principio de rebelión como algo propio de la vida orgánica misma.

Intentar dilucidar los motivos por los cuales este espíritu, si bien no desapreció, no logró sin embargo cuajar en la institución universitaria es una de las preocupaciones centrales de algunos reformistas. Quizás el aporte más interesante haya sido el de Deodoro Roca. Las sucesivas lecturas sobre el acontecimiento que realiza el propio redactor del Manifiesto del 18 presentan numerosas facetas interesantes que arrojan algunas pistas sobre las cuestiones planteadas. Se trata, en primer lugar, de una critica diferenciada e integradora. La estrategia no es nunca oponer (espíritu juvenil y clasismo, revuelta y revolución, etc.), Deodoro integra estos aspectos, esquivando así las rígidas categorías con las cuales estamos acostumbrados a leer la historia aún cuando esta las cuestione y desborde. Es importante aclarar, además, que la lectura de su obra resulta inescindible de la de su vida la cual, como insinúa Saúl Taborda en la introducción al Las Obras y los Días, fue quizás su obra principal. La obra de Deodoro no es fundamental, no trata de un sistema sino de un proceso dinámico; la crítica a los años reformistas es una crítica surgida de la práctica, gestada en la misma actividad transformadora, siendo con seguridad este hecho el que le permite, como afirma en uno de sus primeros escritos, ver en ‘lo que es’ lo que ‘todavía no es’, mirar el presente como marco del porvenir.

Deodoro Roca señalará en 1936 : “En 1918: pequeña burguesía liberal, enecendida de anticlericalismo; vagos entusiasmos, americanismo confuso, mucha fiebre. Cercando el horizonte a manera de “decoración”, la Revolución y la guerra... Adivinaciones, rumbo....”[viii] El tópico de la ceguera del movimiento reformista ya estaba presente en Aníbal Ponce en 1927[ix]. Se trataba del impulso de rebeldía propio del ideal romántico modernista. El cuestionamiento realizado por Rodó, y toda una generación de escritores, a la mediocridad preponderante y materialista del espíritu yanqui y burgués que invadía en aquel momento el mundo, contribuyó a crear un clima de rebeldía que halló su confirmación e impulso final en el desencadenamiento de la guerra. La guerra, señala Aníbal Ponce, fue la “gran liberatríz” ya que ponía de manifiesto que la modernización capitalista no sólo introducía con la instalación de su burocracia estéril “la estúpida y conservadora” rutina, sino también el egoísmo y la competencia despiadada e inescrupulosa. La guerra era sólo un duelo entre mercaderes: una lucha sin heroicidad, sin cuartel y sin nobleza que marcaba el fin de una civilización que se había confiado ciegamente al progreso de la técnica sin advertir que su correlato no era ni el avance moral ni la felicidad. La lectura de Nietzsche y Freud contribuyó, sin duda, a decretar la decadencia senil de Europa pero quizás el detonante que marcó la necesidad de un relevo fue la Revolución Rusa y obviamente la lectura de Marx, lectura que como señala Crespo, se realizó al margen del evolucionismo que primaba a nivel internacional[x]. Se vivían tiempos trascendentales, decía Deodoro en 1920 citando a Trostki. América latina no podía ser ajena al surgimiento del hombre nuevo.

El manifiesto del 18 da la bienvenida a una hora americana: será América la encargada, como señala Saúl Taborda, de rectificar a Europa para garantizar el fuego sagrado de la civilización. Y frente a esta tarea todo es entusiasmo. Se trata de pueblos jóvenes para las cuales el pesimismo es anacrónico. Su problema, el problema de América, se resume en la ausencia de maestros que puedan señalar nobles direcciones para el pensamiento y para la acción moldeando hombres americanos. El pasado se desvanece, sí, y lo hace sin presentar batalla, pero es necesario encontrar con urgencia nuevos arquitectos dispuestos a construir sobre las ruinas de aquello que afortunadamente se desmorona.

Los reformistas consideran que es necesaria una revolución de los espíritus que permita rectificar el rumbo del continente. Sus expectativas están puestas desde un comienzo en una revolución que opere desde arriba desarraigando lo mediocre y sus intereses y moldeando aquellos hombres americanos de los cuales, y paradójicamente, América tiene necesidad. Como señala Roca, los jóvenes reformistas estaban convencido de que en las universidades residía el secreto de las grandes transformaciones. Advertían, sin embargo, que aquellas, centros naturales de formación que los espíritus, se encontraban sumidas en el culto fetichista del pasado. Su producción científica era inexistente ya que se habían transformado en mera escuela profesionales, en “fábricas de título”. Profundamente jerárquicas y autoritarias e insensibles al clima generalizado de la época, la universidades se convirtieron rápidamente en blanco de las rebeldía estudiantil.

De la transformación de las universidades se esperaba la recomposición de la sociedad. El espíritu que en ella se gestaría, es importante aclararlo, en la práctica de la investigación, en el ejercicio de la libertad en el estudio, irradiaría sobre la nacionalidad. El contexto de una Córdoba pacata y beata encerrada en formalismos y plenamente autoritaria, fue el impulso final para la rebelión juvenil: “la rebeldía estalló ahora en Córdoba y es violencia porque aquí los tiranos se habían ensoberbecido y era necesario borrar para siempre el recuerdo de los contrarrevolucionarios de Mayo”[xi]

En los escritos de Roca de la época se advierte como preocupación prioritaria el tema de la democracia. En La Nueva generación señala “Señores: la tarea de una verdadera democracia no consiste en crear el mito del pueblo como expresión tumultuaria y omnipresente. La existencia de la plebe y en general de toda la masa amorfa de ciudadanos está indicando, desde luego, que no hay democracia. Se suprime la plebe tallándola en hombres.”[xii] La universidad sólo estará en condiciones de contribuir a esta causa el día de trascienda sus fines profesionalistas: “Por eso pienso que en las Universidad está el secreto de las grandes transformaciones, por eso pienso que éstas deben realizar de otro modo sus funciones, por eso penso que no deben ser sólo escuelas de profesionales, por eso pienso que necesitamos maestros a la manera socrática.” [xiii]

Una formación meramente profesional no sólo privilegia los fines individuales olvidando los colectivos sino que también limita el proceso educativo al gesto reproductivo. Somete así al estudiantado a los moldes jerárquicos y a la cultura a fines heterónomos. En 1920, Deodoro lamentará la servidumbre más dolorosa y más trágica, la servidumbre de la inteligencia, de la cultura, de la profesionalidad de la cultura e incluirá en el análisis de la misma los primeros elementos provenientes del materialismo. Hablará de un “ejército resonante de asalariados intelectuales” que atado a la clase dominante concluye la tarea de los instrumentos centrales de dominación.

La confianza de Roca en que la ciencia liberada de las miserias a las que la somete el poder político y económico, prestaría las armas necesarias para la lucha y el surgimiento del hombre “integral” no suponen de ninguna manera un mero intelectualismo. Aún cuando nunca deje de creer en la existencia de un fondo no ideológico oculto tras las tergiversaciones a las que someten los intereses de clase a la ciencia, esta no estará jamás de espaldas a su época y a su pueblo. Por el contrario, son aquellos parásitos de la cultura, los que “temerosos de dar el salto creador, de la oscuridad de la teoría a la completa tiniebla del futuro”[xiv], consagran todas sus energías a lo “puramente universitario”. Sobre este personaje, francamente monstruoso, Deodoro dirigió sus Flechas más certeras, las de su humor irreverente. Tales trogloditas, dirá, creen saldadas sus deudas con los demás “por el mero hecho de atestiguar ante el asombro privado que son cisternas de saber” [xv], sin advertir que es necesario que “con la palabra del intelectual se transparente una acción.”[xvi]

Contra la vergüenza de la inacción “se pregustaba un estilo de participar y de influir”[xvii]. Pero este descubrimiento venía de la mano de aquel otro que mostraba los límites mismos de la obra reformista. Ya en 1920, Deodoro advierte que, en tanto no se supere la odiosa división en clases de una sociedad que tiene por única ley el lucro, las universidades seguirán reproduciendo saberes y jerarquías. La universidad es sólo un episodio del mal colectivo, de ninguna manera un problema solo y aislado. “Es más que nada, la resultante de un problema profundo, concreto, y formidable: el problema social. De la injusticia social.”[xviii]

Si bien esto no significó nunca, para Deodoro, un menosprecio por la causa estudiantil y menos aún un abandono de la lucha dentro de la universidad[xix], mostró sí los límites de aquella entusiasta Reforma del 18. Si la universidad es “como un espejo en donde la sociedad se mira” es porque en ella se refleja con sus luchas, desigualdades e injusticias. La universidad no puede dejar de reproducir los ciclos de dominación y desigualdad social y no puede, por tanto, “operar la revolución desde arriba” reformado una sociedad que es, en definitiva, la que determina el rumbo de su accionar. La dramática y dolorosa peregrinación en busca de un maestro que fue inicialmente la Reforma devino, por virtud de su misma ambición, en un programa de profundo cambio social. La profesionalización del saber, la jerárquica relación maestro – alumno, no podían ser abolidas si no desaparecían también las relaciones de sujeción externas. Este es, según Deodoro, el gran descubrimiento de la Reforma: “Esto solo la salvaría: al descubrir la raíz de su vaciedad y de su infecundidad notoria, dio con este hallazgo: “la Reforma universitaria” es lo mismo que la “reforma social” [...] Buscando un maestro ilusorio se dio con un mundo. Eso “es” la reforma: enlace vital de lo universitario con lo político, camino y peripecia dramática de la juventud continental, que conducen a un nuevo mundo social.”[xx]

La crítica que dirige el redactor del Manifiesto Liminar a la propia obra reformista no es menos despiadada que la realizada en el ‘18 a la universidad monástica. Pero se trata una crítica guiada por un sentido histórico incuestionable. Deodoro reconoce el origen pequeño burgués de la reforma pero agrega: “¿y qué? Lo importante es que ha sido una cosa fluente y viva. Hay grandes ríos que comienzan en un ojo de agua”[xxi] Algo que sin dudas descubrió también la reacción, logrando aprisionar a tiempo ese río que intentaba formarse, en la estrechez de un pasado estéril, muerto, en un saber “universitario”, en fundamente de una institución que sólo conserva de aquel viejo espíritu reformista que proclamaba sin tapujos el “derecho sagrado a la insurrección” una mal entendida libertad de cátedra, un periódico recambio de modas intelectuales, pero que no alberga ya espacio alguno para la posibilidad de un futuro de justicia mediado por la ciencia. Excelencia académica, conocimiento burocratizado y sujeto a mediaciones institucionales que reemplaza todo juicio radical a las reglas de juego y a los propios jueces académicos.

Sin embargo, los análisis de Roca no concluyen con el descubrimiento de que es imposible que una parte de la sociedad se eleve por encima de la sociedad. Roca pone en cuestión los acontecimientos reformistas a partir de los avances de la derecha. Señala la emergencia de la “posibilidad del mero vivir” como problema central del hombre contemporáneo y afirma que de la universalidad y profundización del mismo se sigue el desborde de fuerzas que, amenazadas por la inestabilidad generalizada de las posiciones sociales, ha delegado en Hitler el poder dictatorial[xxii]. América Latina, lejos de los que se pensaba en 1918, no es ajena a este proceso. La explotación burguesa resulta inescindible en América del imperialismo yanqui, tanto cultural como socioeconómico. Deodoro resalta el dramatismo de la situación social latinoamerica, pero sin desconocer los factores culturales que hacen a esta situación aún más alarmante. Nuestro países, afirma, se encuentran frente a una “avasalladora corriente imperialista que ha de enturbiar el sentido de su civilización”[xxiii]Es esta civilización foránea la que identifica el ser con el ser objetivo: “Ser, es ser, en relación a unas cosas y poder después convertirlas en dinero. Y esto, por último, significa un poder, o posibilidad de vivir.”[xxiv] Esta situación, concluirá Roca, es la responsable del fascismo en latinoamérica. La miseria generalizada por una cultura que explota al mismo tiempo que denigra, posibilita aquellos regímenes dictatoriales que a su vez no son más que engranajes del mismo sistema. A la unidad de América la realizan los explotadores y a la miseria de los trabajadores la imponen con cuerda de látigo.[xxv]

Frente a esta situación el entusiasmo reformista pone de manifiesto su total ingenuidad: “la tierra del mundo es ahora fluida y ardiente. Es ahora fuego y lágrimas. Nada está quieto y a salvo. Ni la esperanza del hombre. Ya no descansa la tierra. Y no sabemos dónde, a cabo, se aquietará y adonde irá a anclar la esperanza del hombre”[xxvi] El trabajo de Roca persiste pero se ha traslado de los claustros a una trinchera. La armas son las mismas, palabras encendidas de verdad y de justicia, pero su sentido es otro. Lejos de la soñada revolución desde arriba, su práctica se resume en la insistencia minuciosa de quien reconoce que se enfrenta con el más terrible de los dioses, con la costumbre.

De esta manera, a 18 años de la reforma, el problema central para Roca será el de la cultura. Si ya resulta notorio que la universidad no tiene en sus manos el secreto del país, una transformación profunda del estado tampoco abarca la totalidad del problema: “No todo ha de resolverse en el simplismo –dramático, sin duda- de lo político. Se denuncia, ahí, flagante, la “crisis de la una cultura”. El problema político se torna inseparable del “problema de la cultura”. He aquí una zona desatendida en el paisaje de la Reforma”[xxvii]

La lucidez de la síntesis que realiza Roca acerca de este itineriario latinoamericano sale a la luz en su artículo El Difícil Tiempo Nuevo pocos días del golpe del 6 de septiembre y dice así: “En los países agotados por la sequía se sabe que a fuerza de esperar llegará un momento en que el campesino desde que venga la nube, traiga lo que traiga: agua o granizo.”[xxviii]Sabia lección que fue interioriza en América Latina por métodos lejanos a la socrática relación docente – alumno que impulsaba la reforma y que sin embargo parece aveces haber sido olvidada tanto así como las reflexiones de quien contribuyó como pocos a pensar la realidad del intelectual latinoamericano.

Creo que estas reflexiones de Deodoro Roca resultan válidas hoy en tanto advierten con respecto al triste mesianismo que sale de la universidad en las contadas ocasiones en las que el debate gira en torno a la realidad social. Llaman asimismo a revisar nuestra memoria reformista. La reforma de la universidad es una tarea urgente pero debe ser realizada lejos ya del entusiasmo del 18. Es necesario “comprender que la historia es cambio, transformación, renovación y que es siempre preciso estar dentro de ella.”[xxix]
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[i] “A 18 años vista (Reportaje del diario Los Principios)”, en: Revista Estudios del Centro de Estudios avanzados de la UNC Nº 1, Córdoba, 1993, p.138.

[ii] KORN, A., “La Reforma Universitaria”, en: DEL MAZO, G. (comp.), 1941, La reforma Universitaria, Tomo III, Ed. Del centro de Estudiantes de Ingeniería, p17.

[iii] ROCA, D., “Encuesta De Flecha”, en: DEL MAZO, G. Op. Cit., p. 545.

[iv] ROCA, D., “Encuesta De Flecha”, en: DEL MAZO, G. Op. Cit. p.546.

[v] Cfr. MELGAR BAO, Ricardo “Las universidades Populares en América Latina 1910 – 1935”, en: Revista Estudios del Centro de Estudios avanzados de la UNC Nº11-12, Córdoba, 1999, p 41 – 58.

[vi] “Extensión Universitaria”, en: CUNEO, D. (comp.) La Reforma Universitaria, Biblioteca Ayacucho, p.24 Se aclara más adelante que “No queremos imponer una verdad sustantiva. No queremos conducir. Queremos que cada uno tenga capacidad para concurrir con su esfuerzo consciente a preparar el resurgimiento fecundo y dinámico de la humanidad reconciliada” Se solicita así la colaboración del pueblo: “Conocemos la doctrina, conocemos los códigos propios y ajenos, pero no conocemos al hombre que con su hambre y su amor, fuera de esa porción mínima del derecho, encerrado por la letra muerta de la ley.” Ibídem p.25 Asimismo en el primer Congreso internacional de estudiantes, México 1921, auspiciado por José Vasconcelos, el movimiento estudiantil realiza un compromiso “por el advenimiento de una nueva humanidad, fundada sobre principios modernos de justicia den el orden económico y político” señalando también que “es una obligación de los estudiantes el establecimiento de universidades populares, que estén libres de todo espíritu dogmático y partidista y que intervengan en los conflictos obreros inspirando su acción en los modernos postulados de justicia social”, en: DEL MAZO, G. Op. Cit. Tomo II, p. 82.

[vii] Cfr. “Convenio peruano – argentino”, “Convenio argentino – chileno”, en: Cuneo Op. Cit. p.19.

[viii] ROCA, D., “Encuesta De Flecha”, en: DEL MAZO, G. Op. Cit. Tomo III p546. Allí agrega: “los jóvenes del 18 eran más ruidosos y tenían más aliados. Tenían también –acaso por lo mismo- más capacidad de entusiasmo y más combatividad. Ahora son menos, pero más lúcidos. Entones adivinaban, ahora saben”.

[ix] En este sentido se expresaba también en 1927 Aníbal Ponce: “Para los que seguían, con ojo atento, la marcha dramática de la reforma, la restauración no fue ni siquiera una sorpresa. Un vicio originario había venido con aquella, y este vicio malograba sus puntos más hermoso. Porque si estaba de modo tan comprometida era porque había empezado siendo un movimiento a ciegas, un gesto de rebeldía casi inconsciente, un cambio de postura casi reflejo. Para destruir puede bastar el impulso; para edificar es necesario el método.” PONCE, A., “El Año Mil Novecientos Dieciocho y América Latina”, en: DEL MAZO, G. Op. Cit. p362.

[x] CRESPO, H, “Una Hora Americana”, estudio preliminar a: Manifiesto Liminar de la Reforma Universitaria, Ed. UNC, Córdoba, 1998 pp. 2-3.

[xi] ROCA, Deodoro, Manifiesto Liminar de la Reforma Universitaria, Ed. UNC, Córdoba, 1998 p.5.

[xii] ROCA, D., “La nueva generación”, en: Cuneo Op. Cit. p.147.

[xiii] ROCA, D., “Ciencias, maestros y universidades”, en: ROCA, Deodoro, Las obras y los días, Ed. Losada, Bs. As., 1945. p49.

[xiv] Ibídem p.44.

[xv] ROCA, D., “Memorias de Aníbal Ponce”, en: ROCA, Deodoro El difícil tiempo nuevo, Ed. Lautaro, Bs. As., 1956, p.39.

[xvi] ROCA, D., “Henri Barbusse”, en: ROCA, D. Op. Cit. p 47.

[xvii] ROCA, D., “Sobre política educacional”, en: El Drama Social de la Universidad, Editorial Universitaria de Córdoba, Córdoba,1968, p96.

[xviii] ROCA, Deodoro La Reforma no será posible sin una “Reforma Social”, Ibídem p. 82.

[xix] Aún figuras como Aníbal Ponce consideraron “suicida” la renuncia a la lucha dentro de la universidad. Cfr. PONCE, A., “El Año Mil Novecientos Dieciocho y América Latina”, en: DEL MAZO, G. Op. Cit. p363-366.

[xx] ROCA, D., “Encuesta De Flecha”, en: DEL MAZO, G. Op. Cit., pp. 545 -546

[xxi] ibídem, p545.

[xxii] ROCA, D., “El Drama Social de la Universidad”, en: DEL MAZO, G., Op. Cit. p530

[xxiii] ROCA, D., “El Imperialismo invisible”, en: KOHAN, Néstor, Deodoro Roca, el hereje. Ed. Biblos, Bs. As 1999, pp. 190 – 191.

[xxiv] ROCA, D., “El Drama Social de la Universidad”, en: DEL MAZO, G., Op. Cit. p530.

[xxv] ROCA, D., “El drama de los trabajadores”, EN. KOHAN, N., Op. Cit. p200.

[xxvi] ROCA, D., “El poeta y el mundo: Alberti”, en: ROCA, Deodoro, Las obras y los días, Ed. Losada, Bs. As., 1945. P.56.

[xxvii] ROCA, D., “El Drama Social de la Universidad”, en: DEL MAZO, G., Op. Cit. p531

[xxviii] ROCA, D., “El Difícil Tiempo Nuevo”, en: ROCA, Deodoro, El difícil tiempo nuevo, Ed. Lautaro, Bs. As., 1956, p81.

[xxix] ARICO, J. “Pasado y Presente”, en: Pasado y Presente, Nº1, 1963, p.4.

BIBLIOGRARÍA

“ A 18 años vista (Reportaje del diario Los Principios)”. En: Revista Estudios del Centro de Estudios avanzados de la UNC Nº 1, Córdoba, 1993, pp136-138.

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CUNEO, Dardo (comp.), La Reforma Universitaria, Biblioteca Ayacucho, s/d edición.

DEL MAZO, Gabriel (comp.), La reforma Universitaria, Tomo II y III, Ed. Del centro de Estudiantes de Ingeniería,1941

KOHAN, Nestor, Deodoro Roca, el hereje. Ed. Biblos, Bs. As 1999

MELGAR BAO, Ricardo “Las universidades Populares en América Latina 1910 – 1935” En: Revista Estudios del Centro de Estudios avanzados de la UNC Nº11-12, Córdoba, 1999, pp. 41-58.

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ROCA, Deodoro, El drama social de la Universidad, Editorial Universitaria de Córdoba, Córdoba,1968.

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ROCA, Deodoro, Prohibido prohibir, Ediciones La Bastilla, Bs. As., 1972.

ROIG, Arturo, Filosofía, universidad y filosofía en América, UNAM, 1981.

http://biblioteca.bib.unrc.edu.ar/completos/corredor/corredef/comi-d/GALFION1.HTM

 

 

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